Esperanza Andrade – Senadora de la República

El partido social

Editorial: El Nuevo Siglo

Eso de la social democracia, que hoy pretende convertirse en faro intelectual de algunos políticos colombianos, es cuento viejo y mal echado. Estuvo de moda allá por los años setenta del siglo pasado. Su portaestandarte en Colombia era Hernando Agudelo Villa, quien le propuso al liberalismo beber en esas aguas extranjerizantes del socialismo democrático. Pero la cosa no pasó a mayores. Y la pretendida afiliación del entonces voluminoso partido Liberal colombiano a la social democracia internacional quedó en nada, pese a algunos intentos posteriores cuyo propósito era separarse del neoliberalismo rotundo de su tendencia preponderante.

De hecho, la colectividad roja siguió siendo neoliberal hasta los tuétanos. Luego vino el conocido y abrupto descaecimiento de sus guarismos electorales en los últimos lustros. Es posible que por ello algunos pretendan volver a ese debate vernáculo o que otros propongan la Tercera Vía de placebo.

En todo caso, hoy la llamada social democracia no es ni asomo de lo que fue en alguna época, especialmente en Alemania, donde desde hace tiempo los socialdemócratas apenas si hacen parte de la coalición que desde hace quince años lidera con tino la conservadora Angela Merkel. Por su parte, en Noruega, una de las cunas de la social democracia, el conservatismo ha tomado las riendas del poder, desde hace siete años, bajo el mandato vigoroso y carismático de Erna Solberg. Y en países como el Reino Unido las propuestas de una social democracia radical, hechas por el laborismo, quedaron en el sótano en las últimas elecciones, ganadas por el conservador Boris Johnson.

No quiere decir, por supuesto, que en estas épocas de pandemia y pospandemia los elementos de toda política congruente no deban tener un énfasis sustancial en los aspectos sociales y, entre otras, el amparo del empleo. Por el contrario, así tiene que ser. De suyo, no hay que ser social demócrata para saber que Colombia, desde 1991, se define como un Estado Social de Derecho. Es decir, que la estructura estatal está integrada por dos componentes irrestrictos: los institucionales y los sociales. Ahí está toda la política. No hay que beber en aguas extranjeras para adoptar estos criterios que, además, son de carácter constitucional. Y sin los cantos de sirena ni carretazos.

De otra parte, el conservatismo colombiano tiene muchas velas en este asunto. A diferencia de las nociones del neoliberalismo, fue Álvaro Gómez Hurtado, ajeno a ese concepto del capitalismo a ultranza, quien precisamente desde los tiempos de Agudelo Villa hasta la Constituyente de 1991 luchó por incorporar la planeación económica, obligatoria para el Estado e indicativa para la empresa privada. Esto a fin de disciplinar los recursos del tesoro público y por esta vía rigurosa cumplir los compromisos sociales. La intervención ordenada del Estado en la economía, bajo ese objetivo y ese esquema, es la que debería definir la ruta hacia el futuro y sobre la cual deberían reposar las grandes directrices estatales a llevarse a cabo para superar la crisis que, fruto de la pandemia, tendrá epicentro en la campaña electoral hacia el año 2022 y que por lo demás será de mayor alcance en el tiempo.   

En esa misma dirección, fue Misael Pastrana Borrero quien propuso incorporar nada más y nada menos que la tesis del Estado Social de Derecho en la Constitución. Basta seguir el curso de los debates de la Constituyente del 91 para constatar este aserto. De modo que incluidos los aspectos sociales como una de las razones de ser del Estado colombiano es hoy deber del conservatismo comenzar a generar las bases de un Plan Nacional de Desarrollo, incluso de varias vigencias y eventualmente sometido a los instrumentos de la democracia participativa, con miras a establecer con toda claridad los compromisos sociales y los mecanismos adecuados para salir de la crisis, preservando a los sectores más vulnerables. Tiene el Estado que convertirse en un ente articulador con la empresa privada, los trabajadores y lo menos favorecidos.

Goza, pues, el conservatismo de dos baluartes ideológicos sin parangón para desarrollar su actividad política, sin que la mecánica electoral prevalezca por sobre lo verdaderamente importante. Temas interesantes se tocaron en la Convención del sábado pasado. Pero aparte de asuntos puntuales, como la sana y apropiada reivindicación del Plan Colombia, que ojalá retome su curso con la elección de Joe Biden, en los Estados Unidos, resulta también indispensable proclamar que el Partido Conservador siempre ha sido el partido de lo social, sin apelativos. Y que en esa condición podrá tener candidato presidencial propio o en coalición, pero siempre bajo la égida de lo social como norte insoslayable. Tal debe ser su aporte: un Plan sesudo, equitativo y convocante. Los nombres vendrán después.